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sábado, 7 de junio de 2008

Poner límites. Un acto de amor - Mamerto Menapace

Uno de los problemas que mayoritariamente los padres plantean, y observo que lo tienen, es que en la relación con sus hijos hay una falta de límites netos y adecuados. Los métodos disciplinarios carecen de coherencia. No hay pautas precisas. Lejos de culpar a los padres, lo que hay que tener claro es que nadie nació siendo padre, sino que se va haciendo padre "siéndolo".

En la generalidad, los padres cometen errores básicos (en cuanto a disciplina se refiere), pero por desconocimiento. Casi siempre lo que se tiene son: buenas intenciones. Pero no un método claro o pautas claras para internalizar. Entonces, considerando las edades de los hijos, establezcamos dos grupos: los niños y los adolescentes.

Los niños presentan cada vez mayor agresividad manifestada en los juegos, en sus reacciones constantes. Hay una inquietud que les nace en todo el cuerpo y, en muchos casos, los padres y maestras expresan que no los pueden tener quietos. En seguida se los rotula: "son hiperactivos" o "hiperkinéticos".

Además es muy común observar la falta de respeto hacia los padres, pero muy esencialmente hacia la madre, con desobediencia, malas contestaciones y hasta insultos. Del otro lado…, el silencio de la madre (que es quien pasa más tiempo con los hijos). Un silencio ante las reacciones de sus hijos que la van llenando de angustia día a día. O por el contrario un poner límites a gritos. Se grita a los niños porque pelean con sus hermanos. Se les grita porque dejaron la ropa tirada. Se les grita para que cumplan con un mandado. Se les grita porque no hacen los deberes. Se les grita porque gritan y se les prometen castigos, se los llena de amenazas… que no se aplican. O se aplican a destiempo.

¿Y en los hijos adolescentes? Rebeldía, mundo interior (el de ellos) impenetrable, búsqueda y defensa de la libertad, aunque en otros momentos busquen dependencia y sientan necesidad de consultar, de que los padres "estén presentes" decidiendo. Mientras, a su lado, los padres asisten preocupados, a veces angustiados, llenos de temores. Y también con sensación de desamparo. Ocurre que suele haber miedo a la puesta de límites, a la disciplina. Por un lado porque generalmente no la han impuesto a sus hijos desde que eran niños y, por otra, se teme a las reacciones, a que los hijos dejen de quererlos, o se revelen más, y hasta se vayan de casa.

A propósito de este tema, se me ocurrió conveniente contarles una historia narrada por MAMERTO MENAPACE en su libro Cuentos Rodados (Editora Patria Grande, Bs. As., 1988, p.15), que al parecer fue encontrada en un viejo libro de vida de monjes, y escrita en los primeros siglos de la Iglesia. "Erase una vez una madre que estaba muy apesadumbrada, porque sus dos hijos se habían desviado dl camino en que ella los había educado. Mal aconsejados por sus maestros de retórica, habían abandonado la fe católica adhiriéndose a la herejía, y además se estaban entregando a una vida licenciosa desbarrancándose cada día más por la pendiente del vicio.

"Y bien. Esta madre fue un día a desahogar su congoja con un santo eremita que vivía en el desierto de la Tebaida. Era éste un santo monje, de los de antes, que se había ido al desierto a fin de estar en la presencia de Dios purificando su corazón con el ayuno y la oración. A él acudían cuantos se sentían atormentados por la vida o los demonios difíciles de expulsar.

"Fue así como esta madre de nuestra historia se encontró con el santo monje en su ermita, y le abrió su corazón contándole toda su congoja. Su esposo había muerto cuando sus hijos eran aún pequeños, y ella había tenido que dedicar toda la vida a su cuidado. Había puesto todo su empeño en recordarles permanentemente la figura del padre ausente, a fin de que los pequeños tuvieran una imagen que imitar y una motivación para seguir su ejemplo. Pero, hete aquí, que ahora, ya adolescentes, se habían dejado influir por las doctrinas de maestros que no seguían el buen camino y enseñaban a no seguirlo. Y ella sentía que todo el esfuerzo de su vida se estaba inutilizando. ¿Qué hacer? Retirar a sus hijos de la escuela, era exponerlos a que, suspendidos sus estudios, terminaran por sumergirse en el ocio y vagancia del teatro y el circo.

"Lo peor de la situación era que ella misma ya no sabía qué actitud tomar respecto a sus convicciones religiosas y personales. Porque si éstas no habían servido para mantener a sus propios hijos en la buena senda, quizá fueran indicios de que estaba equivocada también ella. En fin, al dolor se sumaba la duda y el desconcierto no sabiendo qué sentido podría tener ya el continuar siendo fiel al recuerdo de su esposo difunto.

"Todo esto y muchas otras cosas contó la mujer al santo eremita, que la escuchó en silencio y con cariño. Cuando terminó su exposición, el monje continuó en silencio mirándola. Finalmente se levantó de su asiento y la invitó a que juntos se acercaran a la ventana. Daba ésta hacia la falda de la colina donde solamente se veía un arbusto, y atada a su tronco una burra con sus dos burritos mellizos.

"-¿Qué ves?- le preguntó a la mujer, quien respondió: -Veo una burra atada al tronco de un arbusto y a sus dos burritos que retozan alrededor sueltos. A veces vienen y maman un poquito, y luego se alejan corriendo por detrás de la colina donde parecen perderse, para aparecer en seguida cerca de su burra madre, y esto lo han venido haciendo desde que llegué aquí. Los miraba sin ver mientras te hablaba.

"-Has visto bien -le respondió el ermitaño-, Aprende de la burra. Ella permanece atada y tranquila. Deja que sus burritos retocen y se vayan. Pero su presencia allí es un continuo punto de referencia para ellos, que permanentemente retornan a su lado. Si ella se desata para querer seguirlos, probablemente se perderían los tres en el desierto. Tu fidelidad es el mejor método para que tus hijos puedan reencontrar el buen camino cuando se den cuenta de que están extraviados.

"Sé fiel y conservarás tu paz, aun en la soledad y el dolor. Diciendo esto la bendijo y la mujer retornó a su casa con la paz en su corazón dolido".

Y bien, la idea es clara. Primero, el matrimonio debe dialogar con profundidad acerca de los valores que considera como piedra fundamental de su hogar. Esos valores, esos principios, ese arbusto en el cual los padres nos debemos atar. Y desde ahí, desde esta postura transmitírselos a los hijos. Estos valores primordiales muchas veces son resistidos por los hijos y buscan que sean cambiados. Y aquí es donde los padres debemos tener posturas firmas. Podemos negociar horarios, permisos, y tantas cosas que pueden -y hasta cierto punto es necesario-, ser "negociables". Pero estos valores, no. Si yo considero esencial la existencia en la familia del amor, el respeto y la disciplina, pues a estos criterios deberé estar unido sin apartarme de ellos. Los hijos no abandonan a sus padres cuando ellos sienten que hay amor. No se debe caer jamás en la complacencia sin control, en la permisividad exagerada. Nunca. Ser padre es lo esencial. Y eso significa autoridad.

Autoridad con su doble significación: el de autor de esa vida -por gracia de Dios- y el de impartir una dirección, una línea de conducta, un sendero por el que dirigirá los pasos de sus hijos con la libertad (inherente a todo ser humano) de decidir cómo caminar y qué hacer de ese sendero. Ser padres es estar presentes en la vida de los hijos conduciendo, señalando, acompañando, dando pautas. Así es estar presente. Así es como les hacemos sentir el amor.

Hay padres que por comodidad, negligencia, temor, o queriendo ser "piolas", permiten que sus hijos hagan lo que deseen, que decidan cada acto de su vida en total libertad, mientras sus padres son simples observadores o permanecen ausentes. Que no se caiga en el triste rol de algunos padres que les dan a sus hijos una total libertad. Ese hijo, por un tiempo, pasa a ser el "vivo" del grupo, el que tiene padres "piolas" que lo dejan salir siempre, que no ponen límites, que le dan la llave de la casa, que permiten que él llegue a la hora que desee a la casa (muchas veces ni se enteran del horario de llegada), es el que maneja su tiempo con total autonomía.

Este hijo comienza a observar más adelante que el único que goza de tanta libertad es él. Que el resto del grupo, en mayor o menor medida, tiene algún control de los padres. A los otros chicos los padres los llevan a las fiestas, los van a buscar, inclusive a veces no participan de salidas porque están en penitencia a raíz de alguna llegada fuera de hora, por alguna nota baja en el colegio o queja de su conducta, etc., etc. ¿Y él? Y aquí comienza el planteo en su interior: "los padres se preocupan por los otros chicos, en cambio los míos ¿son demasiado buenos o no les preocupa lo que me puede suceder, en dónde ando ni quiénes son mis amigos? Si los otros se preocupan y los míos no, ¿será porque no me quieren, porque no les interesa?

Surge así una tristeza que va en aumento, hasta ser una angustia quemante, porque ahora va observando todo, día tras día, con otros ojos, hasta llegar a la conclusión de que él como hijo no les importaba sus padres o sus padres son cómodos, siempre ocupados en sus cosas. Por lo tanto "no me quieren". Esta conclusión es la que lo acompaña en su presente, y por lo tanto, es un presente lleno de dolor y no sabiendo cómo hacer frente a ese sufrimiento, la primera salida que busca (casi instintiva) es la de escapar de ese presente, y el escape se realiza primero a través del alcohol y luego a través de la droga.

Esta es la historia cada vez más repetida de un hijo solo, que se siente no querido, no tenido en cuenta, abandonado. ¿Por qué? Porque no se lo ha criado con límites. Poner límites es saber decir "no" a situaciones que los padres (por haber vivido más, por conocimiento, por madurez, por responsabilidad, etc.), saben que no son buenas para sus hijos. Es decir, un "no" con justificación, con explicaciones razonables. Y en este "no" se está presente. Y se les está demostrando que se los ama de verdad.

Los adolescentes expresan repetidamente (en charlas, en confidencias) que son hijos del rigor, aunque se revelen (en conductas externas), en su interior valoran y respetan al profesor que les pone límites (siempre que lo haga con educación y respetándolos) y al padre que les pone restricciones. Aborrecen, se mofan y se dejan de respetar al que no se mantiene fiel a valores y principios, a los que se sueltan de éstos y van a correr por los campos inmaduros de la existencia de los hijos, perdiéndose todos en el desierto, sin rumbos claros.

A lo que se suma otra de las causas de mayor angustia en los hijos: el no saber dónde están parados, porque han perdido el punto de referencia, el faro que envía permanentemente señales con sus luces desde el mismo lugar fijo en el que ha asentado su existencia, son los padres con metas claras, propósitos coherentes, valores elevados, que harán respetar con firmeza, con perseverancia y con fe. Son los padres que les están diciendo a sus hijos: "aquí estamos, ofreciéndoles esto para la vida. Estamos aquí amándolos en los 'sí' y en los 'no', en sus alegrías y en sus sufrimientos, y en nuestra silenciosa espera. Pero firmes en lo que creemos y seguros en nuestras decisiones, aunque por ahora no entiendan la razón de nuestras restricciones. Estamos aquí y los amamos".

Mario E. Cardarelli; Le digo a los padres; Editorial San Pablo; Argentina; 1994.

2 comentarios:

Julieta Lombardi dijo...

Excelente nota!!! y muy cierto.
Un placer leer a Mamerto.

Anónimo dijo...

Que buen cuento y que real sin limites y principios no hay familia el padre mamerto es lo mas